Internet permite la participación de millones de personas para publicar, expresarse, replicar, suscribir, contradecir, desmentir… Pero, ¿estamos obligados, por el hecho de querer medios participativos, a soportar la mala baba de los llamados trolls en busca de notoriedad por la vía del salibazo?

Uno de los cambios más significativos con el que tienen que lidiar los responsables de imagen de las empresas es la repercusión negativa (o positiva) a la que se tienen que enfrentar cuando una situación crítica, un empleado despedido o un cliente insatisfecho coge un blog y empieza a airearlo todo

La transición de la prensa tradicional desde el mundo unidireccional del papel hacia la pantalla y los nuevos esquemas de interacción marcados por la web, la movilidad o las comunidades no está siendo para nada un camino sencillo

Cada día es más frecuente que una legión de los llamados road warriors invadan hoteles y aeropuertos provistos de todo tipo de dispositivos capaces de mantenerles conectados en todo momento con su vida y trabajo habituales (a veces, incluso, demasiado conectados)

Estamos en pleno siglo XXI. Una red ubicua, accesible desde prácticamente cualquier parte del mundo desarrollado sin necesidad siquiera de una conexión física, permite distribuir cualquier tipo de contenido reducible a bits en cuestión de segundos, y hacerlo además de manera completamente anónima, imposible de trazar o controlar
